Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

El muerto intermitente


I


Y si no fueras ese dolor obtuso,
ese dolor perenne, angular y clavado en la carne profunda;
y si no fueras el ala que no vuela como un ala
sino que ha vuelto al pájaro un cometa estrellado entre el vacío
de la caducidad, entre la niebla del ocultismo sacro
en que habita con miedo la memoria;

y si no fueras ese último despecho del dios de los despechos
que legisla en el mundo semivivo desde su condición de muerto intermitente
y vuelve y vuelve con su admonición y pide un sacrificio interminable
al que ya no le queda nada que donar a tu altar famélico,

¿estarías acaso dominando la escena con esa intrepidez de cárcel y de estigma,
en que te gusta ver sangrar las manos
atadas al excéntrico yugo de tu nombre que nace de los buitres
una y otra vez y otra vez y otra y otra vez más y más y más

porque siempre le quedan tres huesos por roer?

¿Me vas a estar mirando el día en que me obligues con tu testarudez de ángel diabólico
a suprimir mi corazón con un disparo?

Vos sabés bien que tengo puntería de sniper.
Por ahí, un día, disparo al universo y te meto mi bronca entre los ojos.




II

La mano que alimenta de frutos venenosos el latido
nunca se queda a oscuras
con la cuchara de la sopa en alto e invitando a la carnicería
de la emoción que quiere para sí.

Corta los brotes tiernos del ardor y escupe las migajas,
las semillas de suaves pestes que salen del misterio
como recién nacidos deformados de espanto y de zozobra.

Navego en la pulsión en que el llanto se calla su marea,
ancla en la certidumbre de antiguos servilismos
y corta la cadena de las pausas felices, con un tajo de odio.

A veces odio esa cadencia alterna de silencios 

y gritos abusivos
que sacude la poca paz que cae entre el presente y el pasado voraz.

No salgo del pasado con tu cabeza alzada por los pelos
y tu sangre de ídolo de sangre, manchándome la ropa de verdugo,
sino que a veces
es al revés la cosa... y vas capándome las esperanzas con emociones sucias.

Ya te dije. Dejá de desafiarme que este trofeo es mío
y me lo gané a pulso, cuando lo abandonaste en la tormenta
que tiene para el alma el rito funerario.

Este trofeo es solamente mío y de mi libertad y de mis ansias
porque yo no me muero facilmente
ni me mata el color de la desdicha que vuelve a cada rato.

Si te jode que pueda ser feliz con lo que es tuyo
volvé sin emisarios
a disputarme el karma de la vida.





III
 
Diez años en tus manos curativas,
y en mi manos, diez años de alfabetos
que al analfabetismo de mi bronca
mostraron el sabor de los remedios.

Diez años de quebrar la piedra oscura
del paredón de los fusilamientos
de restañar las gotas, sangre a sangre,
porque la voluntad alzara vuelo.

Y nos vienen con karmas de suplicio,
como zombies que huyen del entierro
y aparecen golpeando en las ventanas
todas las bocanadas del invierno,
en el que un día nos abandonaron
como dos títeres sin titiritero.

Que no me venga ahora a pedir cuentas,
que no me explique este dolor longevo
ni quiera definirme el corazón
que se jugó a la muerte el desapego.

Que no reclame con su intemperancia,
con su artificio de pernada y dueño,
que el tiempo se acabó porque no supo
entenderse de veras con el tiempo.

Yo soy de los que mueren en la arena,
en la rotundidad del cuerpo a cuerpo,
en la llaga de amor y el regocijo
de tener un mañana como quiero.

Si se dejan las cosas sin hacer,
y si uno olvida cómo ser maestro,
que las estrellas brillen a los gritos
en otra noche, pero no en mi cielo. 


IV

El mundo del afuera está marchito
como una rosa té sobre una tumba,
como ese alud de barro que derrumba
el caserío oscuro en el que habito.

No hay luces en el faro y la escollera,
aturde con su ronca primavera
de espumarajos sórdidos la suerte.
Y en su fragor se invierte

la voluntad de lucha del proscrito,
el tiempo del clamor con su macumba
de dioses apostando en la gallera.

Cuando toca el rebato de la muerte
uno no ve la luz en la ribera.
Es sólo un pecio. Inerte 





Bibliomancia






¿Dónde estaba yo el día en que el diluvio te desvistió los ojos y se ahogó entero todo el cielo en mis noches de viejas diplomacias?

Siempre me pregunto algunas cosas de las que no pretendo la respuesta, pero me las pregunto por las dudas me anime a contestarlas algún día.

A veces escribo largas frases, sueltas y barrocas, para sacarme cosas del adentro y compruebo que mi interior debe padecer de horror vacui. Quiero llenar de asuntos sus estantes y capturar el mar que encalla en la restinga, cuando caigo hacia mí y en mí me hundo.

Ya dentro, no concibo ninguna forma de nadar.


—Vamos a la biblioteca. Sí, no pongas esa cara. Tienen una buena biblioteca acá.


León Aryiasz cierra la tapa de su notebook y recoge las llaves de la camioneta con un gesto parco, al que el muchacho que camina detrás de él, obedece.


—Cuando tengas que solucionar una controversia, a los libros, pichón. No hay mejor aliado que los libros para discutir con fundamento. Además, la literatura no es una ciencia exacta. Basta ver lo que hicieron los de la RAE con los acentos. Setentamil años diciendo que era de una manera la cosa y de un día para otro, borraron con el codo lo que generaciones y generaciones tuvimos que aprender usando la mano. Debería hacerles un juicio por la cantidad de aplazos que me ligué por culpa de los putos acentos que ahora ellos sacaron de circulación, así que yo los pongo igual, como una cuestión de honor, como el de sólo (de solamente).


El muchacho que camina detrás de Aryiasz sonríe.


—Y si no estás seguro de algo no te dejes llevar por el fervor. Siempre se gana por el conocimiento, nunca por la vehemencia con que uno defienda el error, excepto, por supuesto, que tengas a un necio delante. Pero si no tenés un necio, dos minutos de reflexión son siempre más útiles que dos de pasión.


Aryiasz insiste mientras enciende el aire acondicionado en el interior recalentado de la camioneta, que pese a estar estacionada debajo de la fuerza sombría de los árboles, desprende un vaho febriciento que los ahoga momentáneamente.


El chico duda sobre la biblioteca de la que Aryiasz le habla pero se deja conducir por él.

Al llegar, la denominación parece petulante frente al edificio estrecho y descuidado.


Es una tarde húmeda y sin lustre que dentro de la biblioteca se transforma en polvorienta y humeante, porque sobre las cosas se esparce una especie de resina fugaz, un aroma de viejos pegamentos que atan hojas que se desmenuzan. Ese olor a papel desmenuzado por años de profundo manoseo o de abandono inútil, viaja por la penumbra, como un animal de cuero macilento que busca un lugar donde morir.


El bibliotecario es a su vez el dueño de los libros. Se donó al pueblo, con ese mundo que coleccionó desde la infancia y que también le alcanzó la Conabip [1] en aquellas entregas en las que se acordó de él.


El muchacho lo observa levantar los ojos desde los ejemplares que acomoda y sonreírle a Aryiasz, mientras estira una mano oscura y voluntariosa que estrecha la de su visitante con efusión de boa.


—Decime que tenés muchas gramáticas.


Aryiasz decide sobre lo que el muchacho y él van a buscar en ese cuarto oscuro y milagroso. También aclara que «No es para mí, es para el Condorito» y el bibliotecario extiende otra vez su mano intensa y aprieta con pasión la del muchacho que viene con Aryiasz.


El chico observa el gesto de su Líder y ve la devoción interminable. 


Ese hombre difícil, destemplado, sombrío de porqués, ha entrado a un templo. Así su gesto. Así su reverencia ante las estanterías cargadas de ejemplares vetustos y polvosos, frente a los que solo le falta arrodillarse igual que frente a Dios, piensa el muchacho.


El bibliotecario le pregunta a Aryiasz si se va a llevar los libros o desocupa una mesa de estudios.


—No. Me quedo —responde el Líder y oye al bibliotecario que dice: «hago los mates».


—Agarrate ese Sánchez Márquez y aquel otro, que es de Gili y Gaya, porque con la Academia ya metiste la pata, así que vamos a tener que refutar desde otras perspectivas gramáticas. Y mirá aquel, el rojito ese, ese es un Bello y Cuervo. Traelo, porque ¿sabés qué? la gramática es como la historia. Tiene sus propios porqués eslabonados a través del tiempo.


El muchacho obedece. Escucha y obedece con un suave candor de bestia joven que acepta los mandatos del que manda.


Aryiasz elige varios libros más y ocupan la mesa de estudio, como en la antigüedad de aprender con muchos textos de papel.


—Buscá… tiempos verbales —indica.


—Al final no me dijo si usted piensa que yo tengo razón —dice el muchacho y se aboca al pedido que ha hecho Aryiasz.


El hombre no contesta inmediatamente. Parece fascinado por el olor que tiñe las Gramáticas. Navega en un Nirvana personal, en un Nirvana propio, metafísico, como si la biblioteca con su impronta de tinta y de papel, fuera para él un fumadero de opio, capaz de transportarlo a mundos a los que solamente puede acceder de esa manera.


—Cuando terminemos con la información, vos solo te vas a contestar esa pregunta —dice Aryiasz por fin, como a través de una fisura en su éxtasis y le guiña un ojo al bibliotecario que ha empezado a cebar.





[1] Comisión Nacional de Bibliotecas Populares

Cuchillos en la música


Mi piel se ha distanciado de su sombra.

A veces es lo lejos de tu nombre y otras veces soy yo. Solo soy yo. Y es que la vida se ha vuelto un resplandor tergiversado. La refracción absurda en un espejo que no devuelve sol; sí, un espejismo.

Pienso en mi infancia si es que tuve esas suaves infancias del resto de la gente. No la encuentro en mi mapa. No está en ningún rincón del mapa malgastado que la vida me tatuó en la carne.

No tengo cicatrices solamente en la piel. Mis cicatrices llegan hasta volver fibróticos los músculos del alma y es por eso que a veces me ves poco flexible.
Yo no aprendí a ser dócil, porque aprendí a los dientes. Me nacen dientes en todos los poemas y mis prosas son dientes y estoy hecho con mordeduras blindadas y difíciles, que intentan modificar mi vida en base a braquets.

Ilusorio de mis molares carniceros que se comieron a todos sus dentistas.

Y luego nace cierta luz y el alba es una incógnita indecente que me trae canciones y poemas mientras estoy desnudo sobre el viento o debajo del aire, así, como resulta un niño en la intemperie, desguarnecido y vulnerable a Dios.

Y mientras vas regándome poemas que si escribí he perdido en mi inconstancia, la música me quiebra los resortes del último eslabón de ser muy fuerte.

Ya sé. Ya me doy cuenta por mí mismo de que lo endecasilábico me corre con la vaina del verso aún en la prosa, así que si querés, si tenés tiempo, si te habilita en el mundo de los vivos… mis prosas son poemas que se alargan, como novelas místicas e históricas.

Toda en endecasílabos mi vida, mientras cae la música en la red final de los espantos. Y atrapado, me entrego hasta la lágrima que ignoro, hasta el látido álgido que callo, hasta la voluntad que aún me impongo y hasta el amor que niego.

O que no niego.

Esto es un “psicoámbito” sin jueces y yo soy mi testigo y mi verdugo; ese boludo a pilas que sufre, fragilizado y frágil, la perfecta verdad de su memoria.


Fotomontajes




—¿Cómo se dio cuenta de que la fotografía no era real? 
 
León Aryiasz está distraído en otra cosa cuando escucha la pregunta del muchacho. Durante un momento no determina con claridad sobre qué están hablando y su gesto oscila entre la sorpresa y el fastidio de la interrupción.

—Por los datos que la foto «no» tiene —responde al fin, conectando las ideas dispersas y armando en su cabeza el real argumento de la pregunta que oyó.

Sabe que el Condorito también precisa más referencias para entender la respuesta que  acaba de darle, pero continúa distraído en otras cosas. Su mente, en ese momento, manifiesta una marcada ajenidad por el entorno.

El muchacho no insiste. Tiene esa peculiaridad de la no insistencia, como si se quedara esperando; como si estuviera acostumbrado a esperar respuestas que nunca se producen y permaneciera ahí, mudo en su lugar, en su necesidad de esperar.

Piensa en la fotografía. Piensa en la asepsia de la fotografía. En los colores brillantes de la fotografía; ese rojo tan rojo y ese blanco tan blanco, tan pulido, tan impecable.

—La vida no es así. Está toda sucia —dice, como si hablara de otra cosa—. La vida, digo, está toda sucia, tiene manchas por todos lados.

Ese pensamiento lo perturba un instante en que sus gestos ocultan la sensación, el sentimiento al que lo obliga eso que acaba de decir y, por ende, a todos los silencios a los que él se obliga también, para no seguir agregándole manchas a sus días sucios.

—Si yo te mostrara una foto de un incendio con derrumbe en el que no hubiera polvo ni restos ni agua ni humo, ni siquiera un atisbo y en ella vieras a un bombero caminando, vestido de punta en blanco, a través de limpios trozos de mampostería coquetamente acomodados ¿cuál sería tu sensación?

El muchacho sonríe. «Que no es cierto» murmura y agrega que «un incendio es un quilombo».

—Imaginate entonces una guerra, donde coexisten montones de derrumbes y montones de incendios y donde no hay agua siquiera para tomar y donde ningún bando respeta nada. El aire, en la guerra, es como el aire en el incendio… flota algo, siempre flota polvo, humo, hay una especie de desagregación de la vida… Todo está roñoso, todo tiene pátina, todo es caos, desorden, incluso cuando no se está combatiendo. Eso, esa cosa en el aire, queda ahí, suspendida, porque la inmundicia no se va enseguida de un lugar arrasado. Perdura el desastre y todo es un desastre. Es como una sensación ambiental que no ofrece un solo puto momento de calma. Los colores dejan de ser colores y el orden deja de ser orden. Todo es asimétrico. Nada está en el lugar que debiera. Ni los muertos… Falta la guerra en esa fotografía.

«La memoria es un lugar inhóspito» piensa Aryiasz después de hablar, «un lugar en el que abundan los rincones sórdidos que no se desea explorar más pero que están estratégicamente dispuestos como para chocar con ellos en los momentos necesarios, porque eso tiene la memoria… es un último recurso necesario que uno decide emplear o no. Y esa decisión, muchas veces, depende del corazón y no de la razón.»

—…como en el dicho ese de que el corazón tiene razones… —piensa en voz alta y el muchacho le pregunta ¿qué?— Nada… boludeces mías, no me hagas caso —se excusa el hombre y baja la cabeza, regresando a sus cosas.

Es un domingo suave ese en el que Aryiasz y el muchacho decidieron leer bajo los árboles. Un domingo suave, de un verde derramado que tiñe las pieles, las cosas, las miradas. Una humedosa tibieza, también verde,  los mantiene cautivos, atrapados en ese color que les dibuja sombras sin resplandor en las facciones.

Entre ellos hay una serenidad blanda que se tensiona por momentos, como una soga irremediable que les impide huir a uno del otro.

«Un perro viejo y de pocas pulgas al que le han traído a su territorio un cachorro sanguíneo que quiere jugar a aprender mañas para los que todavía no está preparado» piensa Aryiasz y desvía los ojos hacia el muchacho.

Lo mira estudiar, abocarse con intensidad al Manual de Procedimiento, concentrado, compenetrado, momentáneamente ausente de la conversación que mantenían.

Va a decirle «Cuando estábamos en el Reformatorio, yo le enseñé a leer a tu padre debajo de los árboles» pero se muerde los labios, se mastica los bordes de la barba que limitan con el sonido y mantiene la boca apretada, evitando que esos recovecos de la memoria en los que está obstinado a no moverse se traduzcan en palabras emocionales.

El muchacho advierte, quizás por la vibración de esa soga irremediable, que Aryiasz enrarece.

—¿Pasa algo? —pregunta, con su joven naturalidad.

—Si no entendés algún item… —Aryiasz va a decir «preguntame y te explico» pero su propia idiosincrasia de Líder se lo impide y murmura, en cambio—: acordate de anotarlo para plantearlo mañana a la mañana en la clase de consulta.

El muchacho dice que sí. Sonríe y dice que sí, aunque Aryiasz tiene la extraña sensación de haber dicho en esas pocas palabras, todo lo que intentó callarse.

—En otras fotos, no es lo que falta sino lo que sobra —dice en voz alta— La vida también es un álbum de fotos que creemos saber desde qué ángulo tomamos y cuando vamos al álbum de la memoria, vemos que hay fotos que ni siquiera se nos ocurrieron… Parecen tomadas por otros. 


(De: Porque lleva mi nombre) 



Sobre-vivencia






—El problema de la frontalidad no es la frontalidad. El problema de la frontalidad es cuando te encontrás con los oblicuos y con los tangenciales. Los que son incapaces de venirte de frente, siempre te atacan por detrás y si estás dormido, mejor que mejor. Usan tu frontalidad en tu contra, porque tu frontalidad es tu fuerza… en cambio, la fuerza de ellos es el escondrijo, la zancadilla, la viscosidad. Se mueven en el territorio de la viscosidad. Son resbalosos, blandengues, gelatinosos, pulverulentos… cualquiera de esas condiciones mierdosas que no podés asir a mano llena.


El Condorito me escucha con cierta contrición. 


—Incapaces de asumir responsabilidad en el hecho que les estás enrostrando, Condorito, te van a decir de todo menos lindo, porque no saben qué hacer con sus responsabilidades, así que prefieren cargar a otras conciencias con lo que su conciencia es incapaz de asumir. Cobardes, pichón… solo cobardes. Cagones, si tengo que emplear la palabra justa, porque cobarde se me queda corta; cagones que no resisten la menor confrontación… Confrontación, pichón, del verbo «confrontar», «estar de frente a algo», No soportan el «confronte»… Solamente saben apuñalarte por la espalda o hablar a tus espaldas, así que no esperes ninguna actitud noble de esas de: «¿qué dijiste de mí?» que es la actitud que adoptaría cualquier persona de bien si piensa que estás siendo injusto o lo que sea con él. Antes de eso, padecen largos incordios diarreicos que luego devienen en largas peroratas insultantes que siempre van a recoger oídos que no son los tuyos, porque son incapaces de enfrentarte cuando les arrancaste la máscara. Porque saben que tenés razón, te tienen miedo. Y porque saben que tenés razón, no te enfrentan o te confrontan. Porque saben que tenés razón, se limitan a insultarte de lejos porque mirándote a los ojos… jamás. No esperes eso. En su mundo de lánguidos cagones, esa no es una opción. Prefieren huir. Siempre prefieren huir.


Yo sé qué trato de proteger al chico como traté de proteger a Pichón. Estos, así, que van a pecho desnudo por el mundo tratando de arreglarlo, son los que les encargan los dioses a tipos como yo, que pisamos el barro, que conocemos de la mierda humana todo su abecedario, que hemos visto atrocidades que son imposibles de contar porque no hay palabras que las abarquen. Conocemos o reconocemos a todos los monstruos que los demás ocultan, soterran, acallan, disimulan. Pero si algo tienen los monstruos humanos, es que siempre encuentran su forma de expresión y es imposible dejarlos callados ya que tienen las patas muy grandes y tarde o temprano, las asoman por la boca de esas sonrisas estólidas que el amiguismo de sus dueños fomenta (¿o debería decir fermenta?)


Los peores son esos que la van de santulones varios, de inocentones múltiples, de virgos a los que nunca nadie avisa de los sismos. Poses baratas ejecutadas por sus monstruos indóciles, que sacan sus patitas perniciosas fuera de ese rígido esquema de santidez (mezcla de santidad y fetidez) que intentan transmitirle al personal y que el personal se cree, porque en realidad, si son santos, mártires o Poncios Pilato, no le interesa a nadie. 


Los hechos puntuales solo interesan a sus protagonistas.


—Si el topo tuviera algo que decirte, te lo diría de frente. Siempre hay alguna forma de decir las cosas de frente, Condorito, si uno realmente las quiere decir de frente, como vos. Si el topo piensa que lo estás juzgando mal, te agarra y te blanquea. No te putea involucrando a otros compañeros en la diversidad de su puteada. Te agarra a vos por un brazo y te “confronta”. Cuando un tipo no te confronta y te insulta de lejos… olvidate, pichón, le pegaste en el medio de los huevos con la verdad desnuda —aclaro.


Pero el chico, yo sé, todavía es bueno, todavía es noble, todavía está puro y cree en la legitimidad de la ley y en la verdad del blanco.


—Del topo me encargo yo, no te preocupes… Soy naturalmente un predador. Lo único que no resisten, es que les pongas el reflector encima —digo, a modo de consuelo.

(De: Porque lleva mi nombre)


Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos se buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

Asombro de lo sombrío

Memoria AMIA

Sólo el amor - Silvio Rodríguez

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

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Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
1a. edición - bilingüe